martes, 27 de junio de 2017

A fuego lento.

-Lay, ¿te traigo algo de la máquina?-pregunta Roxie, cartera en mano. Niego con la cabeza. Estoy intentando dejar el café de avellana. Estoy haciéndome demasiado dependiente de él. Está delicioso y es muy barato, pero tengo que dejarlo-. Guau, ¡vas en serio!-alaba, y sonrío. Sí, la verdad es que voy bastante en serio.
               Además, ya no lo necesito. He decidido ir al psicólogo y me ha dado unas pastillas para dormir sin pesadillas. Así que no, ya no necesito ir a la máquina de café nada más llegar a la universidad cada mañana. Ya duermo. No necesito meterme la cafeína en vena.
               Ya me ocuparé de mi posible adicción a los somníferos después. Cuando esté curada. Ahora, de momento, tengo que centrarme en la universidad.
               Me quedo corrigiendo apuntes y numerando dibujos en el cuaderno mientras la clase se va vaciando. El profesor recoge sus cosas y sale discretamente, sin mirar a otro lugar que no sea la puerta. Ha de tener cuidado, pues si establece contacto visual con alguno de nosotros, puede que le hagamos una pregunta, mandando al traste sus planes de tomar un capuccino con un cruasán en la cafetería.
               Varias personas se quedan conmigo en la sala. Cada una haciendo sus cosas. Queda casi media hora para la siguiente clase, tiempo de sobra para poner en orden mis notas.
               Estoy anotando en la agenda que tengo que ir a recoger una mochila de Keira de la tintorería cuando un graciosillo se sienta en el sitio de Roxie. Lo hacen a menudo, como si los sitios no estuvieran ya consolidados después de tantos meses reclamando el mismo lugar. Creo que quieren que estalle. Pero yo nunca lo hago.
               -Perdona-me giro hacia él-, ese sitio está ocupado.
               El chico me sonríe. Tiene la sonrisa más bonita del mundo. Se gira hacia mí. Sus ojos sí que son los más bonitos del mundo, no tienen comparación con nada que se pueda haber visto antes. Ni con el azul del cielo.
               Tommy se inclina un poco hacia atrás, fingiéndose atacado.
               -Vaya, guapa, lo siento. ¿Hay algún sitio en el que pueda sentarme sin estar demasiado lejos de ti?
               Me echo a reír.
               -Todos tenemos nuestro lugar asignado-respondo, dejando el boli encima de la mesa, sobre los bocetos de cuerpos. Tommy alza las cejas.
               -¿Y no puedes hacerme un huequecito?
               -Depende-respondo, vuelvo a coger el boli y me lo llevo a los labios. Doy unos toquecitos con el capuchón en mi boca, mirando en derredor-. ¿Dónde lo quieres?
               Tommy me aparta el pelo del hombro, me acaricia el cuello con los dedos y la mejilla con el pulgar.
               -En tu corazón, princesa.
               Noto cómo me sonrojo hasta las puntas de los pies. Eso a él le encanta. Me miro las manos y dejo que él me dé un beso en la frente, amansada.
               Me encanta la forma en que su boca se posa sobre mi piel y ésta estalla en un génesis sin precedentes. Me siento refortalecer a oleadas, que coinciden con los impulsos nerviosos que trasladan nuestro contacto por todo mi cuerpo. Le miro a los ojos, esos ojazos azules por los que Diana haría tanto, por los que yo no haría menos. Le brillan muchísimo y están insultantemente bonitos, en parte por el contraste con su camiseta azul.
               En un acto de valentía, le cojo la mano libre. Las comisuras de sus labios vibran en una sonrisa que no llega a nacer. Nos miramos a los ojos y vemos todo un mundo de posibilidades en la mirada del otro.
               Si yo no estuviera tan rota, tendría el coraje de perseguir esas posibilidades. Subirme a mi barquita y que me arrastrara la corriente. Pero de momento, necesito remendar mis velas.
               -Voy a darte un beso-le digo en un susurro. Soy perfectamente consciente de que mis compañeros de clase no se pierden detalle. Pero me da igual. Quiero probar su boca y creerme la criatura más fuerte del mundo. Tommy me guiña un ojo, me invita a averiguar si él se va a resistir.
               No lo hace. Sigue con su mano en mi rostro y me gusta la sensación de calidez seca de sus dedos y calidez húmeda de su lengua. Todo mi cuerpo se deshace en chispazos, celebrando nuestro contacto. Muy bien, Layla, parecen gritar mis células.
               Me separo de él y me enamoro un poquito más de lo bonito que es por fuera, porque por dentro es imposible abarcar su belleza.
               -¿No tienes clase?-pregunto, y él asiente con la cabeza, se encoge de hombros después.
               -Pero tenía cosas más importantes que hacer.
               -¿Como qué?
               -Seguir mis instintos y venir a verte.
               Me paso una mano por la nuca, jugueteando con mi pelo.
               -Te echaba un poquito de menos. Voy a tener que llamar a Diana y pedirle que no te monopolice tanto-bromeo, y él sonríe. Se cruza de brazos y estira las piernas.
               -O podríais organizar una pelea de gatas. Yo la vería gustoso.
               -¿En serio? ¿Por quién apostarías?-coqueteo. No es que quiera que me responda. No es que lo vaya a hacer.
               ¿O sí?
               Me da un poco de ansiedad pensar que la respuesta sólo la conoce él, y quién sabe si es más definida de lo que quiere pensar.
               Pero no me defrauda. Se finge el ofendido y exclama:
               -Soy un caballero, Layla, y los caballeros no apuestan.

viernes, 23 de junio de 2017

Caramelito.

¡Vota aquí tu nombre favorito para el programa al que van a ir Chasing the Stars y Eleanor!


No le oigo levantarse. La cama es tan cómoda y calentita y suave que no existe nada más que ella. No hay ruido, ni nada que ver. Sólo estamos la cama de mi hermano y yo.
               Hasta hace poco, éramos tres.
               Pero ahora ya no. Scott se ha levantado hace poco. Ha encendido la luz y se ha bajado despacio de la cama. Ha reprimido el impulso de cubrirme a besos. Es lo que lleva haciendo desde que me encontró: comerme a besos cada vez que puede.
               Y a mí me encanta.
               Ojalá pudiera pasarse el día comiéndome a besos.
               Sin embargo, ahora está concentrado en otra cosa. Ha posado los pies en el suelo y ha caminado en silencio hacia su mochila. Ha sacado lo que llevaba dentro y lo ha guardado en un cajón. No lo ha cerrado del todo para no hacer ruido.
               La rellena de peluches. Cosas blanditas y suaves para su hermana.
               Cuando la tiene preparada es cuando se acerca a mí. Escala de nuevo hacia la cama y se inclina a besarme. Yo abro los ojos y lo miro. Y bostezo. Y empiezo a escuchar mientras él canturrea.
               -Buenos días. Buenos días. Buenos días, pequeñita. Buenos días, hermanita. Buenos días, preciosa. Buenos días, Sabrae. Buenos días-Scott sonríe, me toca la nariz y yo lanzo una exclamación a modo de risa. Me gusta que me haga eso.
               Todo lo que Scott me hace me gusta.
               -No te asustes-me pide. Me da un beso en las manitas y mete las suyas por debajo de mi espalda. ¿Qué pretendes, jovencito?, me gustaría decirle. Pero no lo hago. Porque soy un bebé. No sé hablar.
               Y, de todas formas, no importa que no lo haga. Scott me lo explica igual.
               -Te voy a llevar al cole-me confía-. Vas a ir de incógnito-añade. Me coge en brazos, me mira y me lleva con cuidado hacia su mochila. Luego descubre que no puede sostenerme y abrir la mochila a la vez. Me mira con angustia. Se muerde el labio. Nos mira alternativamente a la mochila y a mí.
               Chasquea la lengua. Yo me sobresalto. No me gusta que haga esos ruidos.
               -Confía en mí, Saab-me dice. Como si necesitara pedírmelo. Yo siempre confiaré en él. ¡Es mi hermano mayor! ¿Cómo no voy a confiar en él?
               Se sienta con sumo cuidado. Me deposita sobre sus piernas abiertas y coge la mochila. La arrastra hasta tenerla a su lado. La abre. Bien abierta. Me coge por debajo de los hombros y me mete con precaución dentro.
               No me gusta estar dentro. Es un sitio apretado. No me revuelvo bien. Lo miro con los ojos empañados. Es una advertencia, aunque yo no lo sé. No voy a aguantar mucho tiempo aquí metida, le digo sin usar palabras.
               Pero Scott no las necesita, porque es mi hermano mayor. Abre más la mochila y me da un beso en la frente.
               -No te preocupes, Saab. Sé lo que me hago. Esto lo aprendí de Layla-me confía. Nunca he escuchado ese nombre. Pero me gusta. Me gusta porque él lo usa para que yo me tranquilice, tiene que gustarme, así que me gusta-. Ya verás cuando la conozcas, Saab-susurra-. Te va a encantar. Es guapa, y lista, y es mayor-anuncia con fascinación. Guau. Es mayor.
               No sé lo que quiere decir mayor.
               Solo no, al menos. Sé que Scott es mi hermano mayor. Pero lo que me interesa y me importa y adoro de Scott es que es mi hermano. Creo que, si no fuera mayor, me daría igual.
               Hay un ruido en la habitación de papá y mamá. Algo que me asusta. Scott me achucha y me arrulla para que no me eche a llorar. Mira por encima del hombro. Cierra la mochila hasta que queda una ranurita por la que le puedo ver.
               -No hagas ruido, Sabrae. Estás bien. Confía en mí, ¿vale? Estás bien. Enseguida se acaba esto-me promete. Yo quiero decirle que confío en él. Pero no puedo. Así que le miro y le sonrío. Haz lo que tengas que hacer. Scott me deposita un último beso, traído con sus dedos, en la mejilla, y se va. Le escucho meterse en la cama. Taparse con las mantas un segundo antes de que la puerta se abra.
               Es papá. No sé cómo lo sé, sólo lo sé. Es papá, algo dentro me lo dice. Una sabiduría tan ancestral como mis sentimientos por mi familia. Como el afán de protección de mi hermano.
               Papá se acerca a la cama. Scott finge despertarse, se estira y bosteza. Papá le da un beso.
               -Hay que ir al cole, S-le dice papá. Scott asiente con la cabeza. Le da un beso y salta de la cama, poniendo especial cuidado en no destapar la muñeca que ha puesto para que parezca que yo sigo dormida. No deja que papá me eche un vistazo.
               -¡No!-le reprende-. Está dormida. No la despiertes, papá. Es un bebé, necesita dormir.
               Papá sonríe.
               De repente, todo el mundo se mueve. Scott me ha cogido.
               -Al cole-dice. Se carga la mochila a la espalda y trata de salir hacia la habitación.

martes, 20 de junio de 2017

Terivision: Tonight the streets are ours y Quien pierde, paga.

¡Hola, delicia! Hoy es un día especial, pues no te traigo una, sino dos reseñas.
La primera es la reseña de un libro que leí hace, creo, más de un mes. Se trata de:




Tonight the streets are ours, de Leila Sales. Se trata de la historia de Arden, una chica a la que definen como “alocadamente leal”. Y lo es, vaya si lo es: hace lo que sea por la gente a la que quiere, aunque eso signifique hacerse daño a sí misma (no en el sentido literal de la palabra); desde renunciar a un viaje a Disney para que su vecina pueda ir por ella, a aceptar que su novio no vaya a pasar con ella la noche de su aniversario a pesar de todo lo que le costó ahorrar para la habitación de hotel en la que planeaban pasarla.
El problema llega cuando Arden se da cuenta de que nadie va a sacrificar por ella lo que ella sacrifica por los demás… o parece que nadie va a entenderla, hasta que descubre el blog de un chico que se siente exactamente como se está sintiendo en ese momento. Siente una conexión fortísima con el chico del blog que desencadena la acción principal de la historia.
Aunque el libro me ha gustado, no va a pasar a la historia como uno de los mejores que he leído, ni el que más impacto me haya producido… diría que es bastante del montón, muy del montón, de hecho. Quizá lo único reseñable de él es que es el primer libro en el que los protagonistas me caen rematadamente mal. Los personajes secundarios son los que están más o menos dentro de lo que yo puedo soportar, pero es que Arden me parece sencillamente gilipollas (la tía no tiene amor propio, se deja pisotear por todo el mundo) y su mejor amiga, Lindsey, que tiene un morro que se lo pisa y que es oficialmente uno de los animales más egoístas con los que me he encontrado en mi vida.
Lo que más me llamó la atención del libro fue la manera en que Arden se obsesiona con la vida del escritor del blog, quien cuenta la historia de cómo su “malísima” novia rompe con él después de que consiga su sueño de ser escritor. Visto desde fuera, el comportamiento de Arden es claramente obsesivo, SPOILER A PARTIR DE AQUÍ llegando incluso a conducir horas para ir a conocer a este chico cuyas palabras la tienen cautivada. Y no podía dejar de pensar en que así es como se concibe la cultura de los famosos y los fans: si no vives por y para tu cantante favorito, es que hay algo malo en ti, y no vas a poder encajar nunca.
Por otro lado, diría que lo que más me gustó fue ver cómo no es oro todo lo que reluce, y descubrir las distintas versiones de la misma historia contadas desde los puntos de vista de los personajes que participan en ellas. SPOILER ves, básicamente, que el autor del blog no era tan santo y su ex novia no era tan hija de puta, y que cada cual va a contar el lado de la historia como le conviene para ser la víctima, y no el verdugo. Sin embargo, este soplo de aire fresco viene con una escritura tan simple que tampoco llega a impactarte ni a calar en ti.
En resumen: un libro con un título y una portada bastante bonitos que deja bastante que desear una vez lo abres.
Lo mejor: ver todas las caras de la verdad.
Lo peor: los personajes son insoportables.
La molécula efervescente: “hay personas que son flores, y otras que son jardineros”.
Grado cósmico: Satélite planetario {2.5/5}. Aprobado muy por los pelos, por las cosas novedosas que tiene.