sábado, 30 de julio de 2016

Lujuria y soberbia.

Me las apañé para convencerme a mí mismo a las tres y media de que no iba a volver a verla.
               Lo más gracioso es que ni siquiera me preocupé por el coche: me producía muchísima más ansiedad imaginándomela llegando a casa, sonriéndole a un tío sin rostro, besándolo en los labios y diciéndole “se lo ha tragado, me va a convertir en su reina particular, o algo por el estilo”, y desnudándose para él, y tirándoselo en el suelo del salón, un salón semejante a aquel en que me había encerrado…
               ¿Cómo puedes tener celos de alguien que no existe por alguien que no te pertenece?
               Eché cálculos mentales, miré varias veces en Google el tiempo que le llevaría llegar en coche desde mi casa hasta la suya, que situé en el punto más alejado de Kinglinton para no hacerme demasiadas ilusiones. Incluso probé a ponerla en el centro del pueblo y ver qué sucedía, pero siempre lo mismo: casi dos horas de ida, otras dos de vuelta; un poco más el volver, porque el tráfico que entraba en Londres era superior al que salía de ella.
               No comí nada; cuando me daba ansiedad, se me cerraba el estómago y era incapaz de meterme aunque fuera un estúpido vaso de agua. Y, si era tan imbécil de desobedecer lo que me decía mi cuerpo, terminaba vomitando.
               Pero fumé como no había fumado en mi vida. El reloj iba avanzando mientras yo consumía cigarrillos a la velocidad de la luz, con la vista fija en la televisión, sin ver nada de lo que se desarrollaba en la pantalla. Me tragaba el humo de varias caladas y no lo soltaba, me ponía a toser, lo expulsaba como podía, me lloraban los ojos, dejaba el cigarro en el cenicero, esperaba a expulsarlo todo… y otra vez a fumar.
               A las cinco de la tarde ya estaba que me subía por las paredes.
               A las seis, no podía con mi vida.
               A las siete, pensé en salir a buscarla, a pesar de que ni sabía dónde vivía, ni tenía manera de averiguarla. Ni siquiera sabía su apellido.
               A las ocho, me harté de mirar el móvil y tratar de escuchar mi voz interior, de suplicarle a mi dios, al de cualquiera, que me hiciera teclear un número al azar y escuchara su voz.
               A las nueve, estaba a un pelo de tirarme por la ventana por haberme permitido ser tan gilipollas, haber consentido que se fuera sola, no haberle pedido el número, ni su nombre en Facebook, ni haber puesto un gps en el coche para ver dónde estaba…
               Ya me había quedado sin uñas que morder antes de la hora de comer, cuando me apoltroné en el sofá y me decidí a permanecer tranquilo, a confiar en los astros. Si me la habían devuelto, sería por algo.
               Me había quedado mirando la libreta de las canciones, pensativo. Algo en mi interior bullía como el magma por debajo de la corteza.
               Y, joder, Sherezade me estaba convirtiendo en un puto volcán. Me estiré y rellené una hoja en menos de 10 minutos, me la quedé mirando, negué con la cabeza con frustración y la rompí. Escribí otra.
               Lo que viene bien para el arte no viene bien para el alma, y viceversa, y yo me estaba volviendo loco al comienzo de la tarde. Me pasaba las manos por el pelo, encendía un cigarro tras otro… y no paraba de escribir, escribir, y escribir.
               ¿Y si no vuelve?, empezaba una voz en mi cabeza, la que siempre se callaba en cuanto me metía un poco de nicotina en el cuerpo.
               Claro que va a volver, tío, quiere tu pasta.
               Pero, ¿y si no vuelve, y manda a un abogado a por la pasta, y no me deja verla mientras el crío crece dentro de ella? Estudia derecho, seguro que conoce a alguien.
               Joder, joder, joder. Tenía conciencia, no quería que lo pasara mal; era tan gilipollas que accedería a darle lo que me pidiera, incluso si no lo hacía en persona.
               No podría vivir sabiendo que, por mi culpa, ella no se podía dar caprichos. Yo se los daría, me daba igual si se negaba a volver a verme.
               Se los concedería incluso si en esos momentos se estaba tirando a otro siempre que volviera a dormir a casa.

jueves, 28 de julio de 2016

Mil divinidades, un cuerpo.

             Se nos hizo cuesta arriba abrir la puerta del camarote; no ayudaba que estuviera atrancada, que el mar estuviera animándonos a continuar con lo que nos proponíamos hacer, ni que no pudiera alejar mucho las manos de ella, ni ella las suyas de mí.
             Pero lo conseguimos.
             Se rió en mi oído cuando abrí la puerta, satisfecha de no sentirse atraída por un inútil. Entramos y apoyó la espalda en ella, volviendo a cerrarla. Eché el pestillo; así nadie nos molestaría.
            Sonrió en mi boca mientras me besaba, suspiró cuando empecé a bajar por su cuello, besándole cada centímetro de aquella piel de color café, acariciando con mis labios sus clavículas… el pequeño lunar que tenía en el escote, de un tono chocolate puro en un cuerpo de chocolate mezclado con leche, quizá, un poco de tofe…
           Volví a subir, a encontrarme con sus labios, y ella empezó a pelearse con mi camisa. Me las apañé para meterme entre sus piernas, la levanté agarrándola por los muslos, y ella me pasó las
piernas por las caderas.
              Me acarició la espalda, todavía por encima de la camisa. De noche refrescaba, de día hacía calor… pero nada comparado con lo que sentía por dentro en aquel instante. Joder, si el Sáhara fuera una persona, si tuviera la capacidad de transformarse en alguien, ese alguien sería yo.
              La empujé un poco más contra la pared, disfrutando de cómo se le ponía la piel de gallina cuando metí la mano por la falda de su vestido granate. Su cuerpo celebraba el mío como si lleváramos años esperando.
              Era como si hubiéramos nacido para estar con el otro.
              Mis dedos llegaron hasta el centro de su ser. La acaricié despacio; estaba excitadísima, lista para recibirme. Tiré un poco del encaje de sus bragas, y ella sonrió.
              -¿No quieres echarle un vistazo más profundo al género?-se burló.
              -De momento, tengo suficiente con las vistas de las que disfruto.
              -Qué lástima. Gano muchísimo desnuda.
              -¿Más?-repliqué, tirando un poco más de su ropa interior, disfrutando de cómo se materializaba su deseo por mí en forma de oasis en un cuerpo que, por lo demás, ardía como un bosque en un incendio de verano, el mayor que hubiera conocido el mundo.
              Se mordió el labio mientras mi mano le daba un adelanto de lo que le esperaba.
              -¿Te llamabas…?-inquirí, provocándola, y sonrió.
              -No hagas como si no fueras a olvidar mi nombre en tu vida, Zayn.
              -Vale, Sher.
              -No me llames Sher-protestó, pero su protesta se convirtió en un nuevo gemido.
              -Como tú digas, Sher.
              -Puto gilipollas-replicó, echándose a reír y estremeciéndose por mi contacto.
              Abrió los ojos, y los clavó en mí. Nos quedamos quietos un momento, mirándonos. Me dio la impresión de que algo vibraba en el ambiente. Se me detuvo el corazón mientras aquellos dos pozos negros con tintes dorados y verdes se clavaban en los míos, bebiendo de mi hambre, devorando mi sed, desnudando mi alma y escudriñando dentro con una claridad que me asustó.
              Me alegré muchísimo de haberme alejado del barullo de la gente, haber subido a la parte de arriba del barco y mirado por el balcón a los demás, cómo bailaban, cómo bebían e, incluso, se drogaban sin pudor alguno.
              No me extrañaba que los españoles protestaran por cómo éramos los ingleses, pero la culpa la tenían ellos: si no sabían disfrutar de sus islas como era debido, si no convertían Ibiza en el santuario del exceso que debía ser, nosotros lo haríamos. Alguien tenía que hacerlo, ¿no? Quiero decir, los americanos tienen Las Vegas. Nosotros no podemos quedarnos atrás.
              Cuál fue mi sorpresa cuando me la encontré apoyada en la barandilla, como Jack se encontró a Rose en el Titanic, mirando hacia abajo, dando un sorbo de una copa cuyo contenido disminuía poco a poco. A la luz de los focos, brillaba con luz propia. Su piel intentando imitar al ébano, pero quedándose en la madera del mueble más lujoso del mayor castillo del mundo, resplandecía con un fulgor azabache… no tanto como su pelo, negro como la noche.
              Como una noche de luna nueva, en la que las estrellas, que tendrían que ser su rostro, brillaban con más intensidad aún. Había cruzado los tobillos, se inclinaba hacia delante; sus labios sonreían ante algo que sólo a ella parecía hacerle gracia, sus ojos, de los tonos de la jungla más salvaje, escudriñaban a todo el mundo debajo de ella.
              La confundí con una diosa.
              No, no, con una diosa, no.
              Con todas las diosas.
              Tenía que ser Hera, Artemisa, Atenea, Penélope, Perséfone… no podía haber ninguna divinidad femenina que no se manifestara en ese cuerpo.
              De lo contrario, no serían diosas. Serían otra cosa, pero no podían ser inmortales como lo era ella.

lunes, 25 de julio de 2016

Diosa de Nueva York.

Sentía una presión en el pecho muy agobiante a medida que atravesaba la terminal, alejándome de él. Una presión muy parecida a la que sentí cuando me subí al avión de camino a Inglaterra.
               Tenía la incómoda y nada agradable sensación de estar dejando algo muy importante detrás, pero no me giré. Sabía que, si lo hacía, estaría perdida. No me podía permitir mirar atrás.
               Me iba a casa.
               Nueva York era mi casa, no Tommy; no importaba lo que le dijera después del sexo, no importaba lo que le dijera cuando estábamos los dos solos y no podíamos parar de tocarnos; daba lo mismo lo que le confesara entre beso y beso. Había algo en él que me soltaba la lengua más de lo que debería, me hacía decir la verdad, por muy dolorosa que fuera.
               Hacía mes y pico, había pisado suelo británico contando los días que faltaban para volver a casa.
               Y, ahora, me volvía a sentir como cuando terminé de hacer la maleta, y me quedé sentada en mi habitación del ático de Nueva York, mirando en derredor, intentando memorizar cada esquina de mi santuario.
               Me costaba horrores seguir caminando por la terminal, y no ayudaba el hecho de saber que podría volver a él cuando quisiera, pues habíamos cruzado las barreras juntos.
               No corrí cuando el tren que trasladaba a las puertas llegó a la parada. Tampoco me esforcé por encontrar un hueco en él. Simplemente me senté sobre mi maleta, esperando a que se cerraran las puertas, pensando en qué excusa conseguir para volver.
               Qué excusa encontrar para seguir adelante.
               Zoe.
               El One World Trade Center iluminado de noche.
               La bola cayendo.
               Central Park nevado.
               El Empire State con los colores de nuestra bandera.
               Los besos a medianoche.
               Miré con tristeza cómo llegaba el nuevo tren.
               Pero yo quiero besar a Tommy a medianoche, pensé, y se me partió un poco el corazón. El tren abrió las puertas y una millonada de turistas se lanzaron a su interior, como si hubiera una maleta con muchísima pasta dentro y quisieran hacerse con ella. Empezaron a parpadear las luces de encima de la puerta, que indicaban que se cerrarían en breve, y comprendí que era ahora o nunca, que, si no cogía ese tren, volvería con Tommy.
               Y no podía volver con Tommy.
               No podía permitirme depender tanto de alguien como ya lo estaba haciendo, así que me incorporé de un brinco y arrastré mi maleta conmigo, me hice un hueco a codazo limpio, y tiré de mi maleta y la conseguí meter justo en el momento en que las puertas se cerraban. El tren arrancó en silencio, sin necesidad de conductor que le indicara lo que debía hacer; tenía bien interiorizada su tarea.
               La fuerza del arranque me tiró hacia atrás, y choqué contra un par de chicos que me miraron divertidos. Me recorrieron con los ojos, y empezaron a cabrearme.
               Ahí empezó a morir mi versión inglesa, y a renacer mi yo americano. Además, yo no era una americana cualquiera: era neoyorquina, y no hay quien le tosa a una neoyorquina.
               Les lancé una mirada envenenada, como si no me encantara la atención masculina. Se hartaron de mirarme el culo; la verdad es que no podía culparles.
               Y ellos se envalentonaron, hombres. Empezaron a comentar entre ellos qué vuelo podría coger; ojalá fuese a Lyon. Sonreí para mis adentros al comprobar que podía entender todo lo que decían. Franceses. No hay nadie más prepotente que ellos en todo el mundo.
               La conversación escaló cuando vieron que no me bajaba en la primera parada.
               -Lo que le haría.
               -¿Habrá entrado en el club de las mil millas?-bromeó uno, y el otro se echó a reír.
               -¿Crees que habrá entrado dos veces en el mismo vuelo?
               -Teniendo en cuenta la cantidad de veces que he cogido un avión, es incluso insultante que os lleguéis a plantear eso-les contesté en francés, suavizando aún más el acento que había ido cogiendo en clase. Los dos se pusieron colorados-. No obstante, si me siento sola en mi vuelo hacia Nueva York… quizás os llame, para que disfrutéis escuchando cómo me tiro al azafato que más bueno esté.

jueves, 21 de julio de 2016

Aviones de papel.

Alec podía decir misa, protestar porque le sacábamos de la cama o porque le espantábamos a una chica, o cabrearse porque según él “no era normal lo mucho que le vacilábamos, si no le queríamos en el grupo, se lo decíamos claramente y él se buscaría la vida con otros”, pero, a la hora de la verdad, el cabrón cruzaría el infierno descalzo con tal de echarnos un cable.
               Igual que haríamos nosotros con él.
               Pero teníamos que hacernos los duros. Y putearnos de vez en cuanto, porque éramos tíos, y en eso se basan las amistades masculinas; en clavarte puñales en el ojo y luego defender al otro a muerte cuando no está, cueste lo que cueste.
               -Ya estoy en el metro-me había dicho por mensaje de texto, en una conversación privada, porque no era tan gilipollas como podíamos esperar de él. Eleanor se inclinó hacia el móvil pero yo aparté la pantalla para que no viera con quién hablaba. Me gustaba ponerla nerviosa. Había protestado muchísimo cuando le dije que habría que comprarle unos leggings o algo, incluso para estar por casa, porque no podía pasarse desnuda todo el fin de semana.
               -No finjas que no te encana que me pasee desnuda por la casa, Scott-espetó, fingiendo estar molesta y no sintiéndoselo en absoluto. Le gustaba provocarme más que a mí el sentirme provocado.
               -No quiero ganarme un puñetazo de tu hermano porque cojas un resfriado sólo por calentarme, El.
               -Puedo calentarte incluso con burka-respondió.
               -Yo estoy entrando-tecleé, y Alec me mandó un puño con el pulgar en alto. Tenía que hacerse el duro conmigo. Le mandé otro igual. Y me envió un corte de manga.
               Pero sonrió cuando me vio aparecer, con muchísima malicia, contento de descubrir por fin mi secreto… y de ver que era más jugoso de lo que esperaba. Ni siquiera se levantó cuando nos plantamos ante él. Ya había confianza.
               Habíamos crecido juntos, y había visto crecer a Eleanor.
               Masticó con parsimonia su chicle, hizo un globo, y soltó, antes de que pudiéramos siquiera decirle “hola”, “sentimos haberte sacado de la cama tan temprano” o “qué feo eres, payaso”:
               -¿Tienes un cigarro?
               -¿No habías dejado de fumar?-ataqué.
               -¿Quién eres? ¿Mi madre?
               Saqué un paquete de tabaco del bolsillo interno de la chaqueta y se lo tiré, ignorando la mirada reprobatoria que me lanzó Eleanor. Lo miré como diciendo “éste es el último, ¿vale, tío? Necesito que no te dé cáncer para seguir haciéndote de rabiar con 80 años”.
               Seré cínico. Yo fumo más que él.
               -Más vale que sea importante el motivo por el que me has despertado de mi apetitosa siesta-sonrió, alzando las cejas, dando una calada y soltando el aire despacio. Miró a Eleanor.
               Ya lo sabía, pero quería asegurarse.
               Vi cómo Eleanor se sentía pequeña bajo la mirada de Alec, quizás por todas las veces que había estado en su casa, o él en la de ella, y las cosas habían sido tan diferentes. Fue como si los dos años que le sacábamos, que conmigo no eran nada, se multiplicaran por diez con él. Parecía, incluso, que lo nuestro estaba mal.
               La cogí de la mano, y ella me miró, se abrazó a mi brazo y me acarició la cara interna. Miré a Alec desafiante.
               Alec sólo sonrió, satisfecho por fin con la verdad.
               -Sabía que te pasaba algo, tío, llevabas unas semanas rarísimo. No es normal que no intentes quitarme a las castañas. Para que luego digas que no tienes un tipo de tía-se burló, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la melena de Eleanor. Vale, sí, me gustaba el pelo marrón, ¿pasa algo? Hay gente que tiene fetiches sexuales muy raros, como untar de queso suizo los pies de sus parejas y masturbarse mientras los chupan, y salen a la calle sin ningún tipo de pudor.
               -Yo no te quito a nadie-protesté.
               -Eres envidioso, Scott, asúmelo, y viviremos mejor todos. Además-añadió-, ya me parecía a mí que estabas de demasiado buen humor a pesar de que llevabas varios fines de semana sin echar un polvo.
               -Llevo echando polvos todos los fines de semana desde hace mes y pico, pero gracias por tu interés-repliqué. Sacudió la cabeza.
               -Y luego tienes los cojones de decirme que no me enrolle con tu hermana. Vale.

lunes, 18 de julio de 2016

La chica de los labios con sabor a frutas.

Tengo 17 años y ya he encontrado a la mujer de mi vida. Prácticamente la vi nacer.
               Y eso que todavía no es una mujer.
               Pero su forma de moverse encima de mí, su forma de hacerme el amor y de follarme, su forma de mirarme y apartarse el pelo a un lado cuando se inclina para besarme no es la forma de hacer las cosas de una chica. Es la de una mujer.
               La de una mujer que está con el hombre de su vida.
               Yo no he nacido con estrella; Alá me ha dedicado una galaxia entera.      
               Lo estábamos haciendo sin nada. Ella me miraba a los ojos, y yo la miraba a ella, y aquellas dos esferas chocolate, sus ojos de gacela, brillaban con todo el universo contenido en ellas. El amanecer era horrendo comparado con lo que ella tenía en la mirada. Me acarició la espalda. Se incorporó un poco y me besó. Suspiró mi nombre.
               -Oh, Scott…
               Había encontrado un ángulo mejor en el que entrar en ella, y lo había aprovechado. Me encantaba la sensación de piel contra piel, calor con calor, humedad y humedad. La sentía palpitar, pero, a la vez, estaba tranquila. Extremadamente tranquila.
               Era la tranquilidad de la chica que espera toda la vida a que por fin el chico que le gusta se fije en ella, le diga que la quiere, que está enamorado de ella. El chico es gilipollas, y tarda mucho en hacerlo, pero lo importante es que lo hace.
               Me acerqué peligrosamente al orgasmo. Me detuve un poco. Quería durar para ella. Quería que llegáramos juntos. La acaricié. Le besé los pechos. Ella sonrió.
               -Scott-fue todo lo que dijo. Ojalá mis padres hubieran hecho como los de Beyoncé y hubieran patentado el nombre de su hijo. La simple idea de pensar que había tíos que se llamaban como yo, tíos que podrían estremecerse porque compartían conmigo la magia que era escuchar nuestro nombre de sus labios, me volvía loco. Me enfurecía y entristecía a partes iguales.
               Toda mi vida me había creído un pájaro que podía volar libremente, ir donde fuera, escalar la más alta de las cumbres sin llegar a entrar en contacto con el suelo, descender al más profundo de los abismos sin temer la caída, porque mis alas me protegían.
               Estando con Eleanor, había descubierto mi verdadera naturaleza. No era un pájaro, ya no digamos un ave fénix, como me creía en mis mayores delirios de grandeza, cuando estaba borracho y conseguía meterla.
               Era un avión, un avión de papel. Y ella era la brisa marina de la villa pesquera de casas blancas y pequeñitas. La brisa cargada de sal, la que enreda melenas, forma olas, acaricia acantilados.
               Era ella la que me hacía volar, la que me mantenía lejos de las olas.
               Volví a empujarla despacio, y ella suspiró. Cerró los ojos y se mordió el labio.
               -Eleanor-susurré, se estremeció un poco más-, Eleanor, mírame. Escucha.
               Abrió los ojos y los clavó en mí.
               -Estoy enamorado de ti-repetí.
               Estaba a punto de echarse a llorar.
               Todo su cuerpo respondía al mío. Todas sus curvas me pertenecían como le pertenecían mis ángulos. Follármela no era nada comparado con hacer el amor los dos.
               Y menos, hacerlo como lo estábamos haciendo. No me importaría una mierda que se quedase embarazada. Seguro que a ella tampoco.
               Estar así, juntos, juntos de verdad, te hacía perder la calma. Era una locura. Era sentiros y responder a lo que el otro quería como no se podía hacer de ninguna otra forma. Perdías la calma cuando se corría para ti, porque lo notabas de verdad, sentías su calor rodeándote, al tuyo rodeándola.
               Pero tenías conciencia, y la mayoría de las veces no te compensaba. Por mucho que te volviera loco sentir cómo ella se corría contigo en su interior, y cómo celebraban eso vuestros cuerpos desnudos, le decías que disfrutabas igual cuando te lo quitaban.
               Que no había casi diferencia.
               En realidad, era abismal.
               Pero tú te callas.
               Para que no se sienta obligada. Para no poneros en peligro.
               Para hacer los momentos como éste mil veces más especiales.
               Porque la unión de vuestros cuerpos no es ya lo bastante especial. También tiene que serla la de vuestro placer.

sábado, 16 de julio de 2016

Daidí na Nollag.

Ya sabes cómo se llama a Papá Noel en Irlanda. Para que luego digan que leyendo fanfics no se aprende nada ;D

Me tocaba estar ese fin de semana en casa de mamá.
               Pero mamá y papá no tenían inconveniente alguno en cambiarse los turnos, si yo lo pedía.
               Y papá se tomaba súper en serio las reuniones con mamá.
               Aunque se hubieran visto desnudos un montón de veces.
               Aunque lo suyo no hubiera terminado de cuajar. Claro que, teniendo un hijo en común, en mi opinión, lo suyo estaba muy cuajado.
               Pero ellos se empecinaban en que no podían estar juntos, por misterios de la vida.
               Se querían lo suficiente, y siempre lo habían hecho, como para orbitar uno al lado del otro de vez en cuando. Era como cuando el cometa Halley pasaba al lado de la Tierra. Tardaba sus años. Pero siempre regresaba a surcar el cielo.
               Mamá se quedó a cenar, aprovechando un poco más de tiempo conmigo. Colocó los platos y los vasos. Yo coloqué los cubiertos; papá protestó. Se suponía que era su casa. Tenía que hacerlo él.
               Mamá le quitó importancia sacudiendo la cabeza, y papá dejó de insistir. Cenamos los tres, comentando la semana. Estaban orgullosos de mis notas. Tampoco eran para echar cohetes, pero podría irme peor.
               Eso sí, en las asignaturas de artes, yo lo bordaba. Me encantaban. Y eso era lo que les importaba.
               -¿Quieres quedarte y ver una peli con nosotros, Vee?-preguntó papá, y ella bebió un poco de vino, haciéndose de rogar. Se limpió con la servilleta y asintió.
               Se pensaba que yo no me había dado cuenta de que se había echado un poco de color en los labios.
               No lo bastante como para que resaltara y yo le dijera algo. Sí lo suficiente como para que papá no pudiera dejar de mirárselos.
               Su cita del domingo no había resultado muy bien.
               Empezaba a pensar que el universo quería juntar a papá y mamá. Ella, también. Sabía que a mí me haría feliz. Papá podría hacerla feliz, y ella podía hacer feliz a papá.
               Por eso se acostaban de vez en cuando.
               Y todos teníamos que hacer como que esas noches no pasaban, por algún extraño misterio.
               Creo que les pasó algo cuando yo era pequeño. No me explicaría de otra manera esas reticencias.
               -¿Qué queréis ver?
               Papá se encogió de hombros.
               -Será por canales.
               -En realidad-murmuró mamá-, acaban de subir a Netflix Ex machina. Tengo ganas de volver a verla.
               Papá me miró con los ojos que también estaban en mi cara.
               -¿Chad?
               -Lo que quiera mamá está bien.
               Era la película favorita de mamá. A todos los informáticos les volvía loco eso de las inteligencias artificiales, crear robots conscientes, y esas cosas. De pequeño, mamá me había comprado un dinosaurio mecánico, lo había desmontado y le había cambiado los chips, CPU, o lo que fuera, por otros pirateados que hacían que el tiranosaurio se arrastrase por el suelo sobre sus cuatro patas; dos minúsculas, dos inmensas, y ladrase como un Border Collie.
               No me lo pasé tan bien con ningún juguete en mi vida.
               Hicimos palomitas, me senté entre los dos, y se hincharon a comer mientras yo sostenía el bol. De vez en cuando, sus dedos se rozaban.
               Llevaban el suficiente tiempo juntos como para no sobresaltarse por su contacto. Llevaban lo bastante separados como para disfrutar de sus roces.
               Empecé a recitar los diálogos de memoria. Mamá me miró.
               -¿Quieres que la cambiemos?
               -Me encanta esta peli-protesté. Pero se me cerraban los ojos. Me perdí el momento en el que un robot se liberaba.
               Cuando volví a abrir los ojos, estaban viendo un documental sobre la Segunda Guerra Mundial. Mamá había subido los pies al sofá y se había anudado el pelo en un moño apresurado. Me acariciaba de vez en cuando el hombro, el cuello, el pelo.
               Papá se había estirado hasta casi acabar sentado en el suelo, y me acariciaba también la cabeza. De vez en cuando, creo que se tocaban por detrás de mí. Parecían asegurarse de que el otro estaba ahí, que no se había marchado en un despiste.

lunes, 11 de julio de 2016

Brontosaurios en globos aerostáticos.

Faltan cinco minutos para que termine el tiempo cuando dejo caer el bolígrafo y agarro los folios llenos con mi letra deforme por las prisas. Quedamos muy pocos en el aula, pero la profesora ni se inmuta.
               Hace diez minutos de que ha decidido dejar de perder el tiempo, ha destapado su bolígrafo y ha empezado a leer lo que mis compañeros de clase le dejaban allí plasmado. Probablemente, textos literarios, más que de medicina.
               Corrijo un par de cosas, mordisqueo la tapa del bolígrafo, que ha perdido hace tiempo su forma redondeada, como de una flecha que no quiere hacer daño, me paso las manos por el flequillo, hecho un poco de típex por aquí y por allá, recojo mi carnet de la biblioteca de la universidad, me levanto, ordeno las hojas, y me dirijo a la mesa de la profesora, elevada en una tarima desde la que se pretende que controle una clase de casi 300 sillas, todas ocupadas durante las clases.
               Niega con la cabeza cuando hago ademán de enseñarle el carnet de la biblioteca, la única tarjeta que se nos permite llevar para identificarnos. Sabe quién soy. Todos lo saben, apenas bajo del 9.5. Quiero que papá y mamá se sientan orgullosos, y lo hacen.
               Lo harían incluso aunque sacara ceros, pero… quiero ganarme su orgullo.
               Me estoy girando para volver a mi asiento, recoger las cosas y reunirme con mis amigas, pero me detiene.
               -Payne-me llama, y me vuelvo, y el moño apresurado que me he hecho para que la melena no me moleste baila en mi nuca-, he estado echando un vistazo a tus prácticas… las primeras son brillantes; en cambio, las dos últimas… no han sido tan buenas. No me lo explico: es la parte más fácil de la materia y has sabido contestar a todas las preguntas de clase. ¿No has tenido acceso a los atlas de la biblioteca?
               Me enredo los dedos entre sí.
               -En realidad… bueno, sí, los he mirado, pero… estaba un poco… agobiada.
               -Demasiados exámenes, sí-conviene.
               -Sí, bueno, también estaba un poco cansada psicológicamente, y… no he estado en mi mejor momento últimamente-me encojo de hombros.
               -¿Ha pasado algo? ¿Por eso no viniste a clase la semana pasada? ¿Has podido estudiar bien? Si has tenido problemas de concentración, podemos hablar con el rector, hacer que te dé una segunda oportunidad… eres la mejor de la clase y…
               -Ya está superado. Lo llevo todo al día, me han pasado unos apuntes de lujo-susurro-. He hecho lo que he podido-digo, señalando la hoja que le acabo de entregar, y que aún tiene entre los dedos.
               Mira a otro de mis compañeros, que le entrega el examen sin hacer amago de enseñarle su tarjeta. Tampoco le hace falta. Mi compañero me sonríe, y yo a él; se carga la bandolera y se marcha.
               -¿Qué tal te ha salido?-inquiere mi profesora, frunciendo ligeramente los labios.
               -Creo que bien. Ha sido un poco largo, he liado un poco dos temas, pero…-me encojo de hombros-, lo sabrá decir usted mejor que yo.
               -Seguro que no es para tanto.
               Me sonríe, y yo lo hago, y me vuelvo a mi sitio, recojo mis cosas y salgo apresuradamente, pero siempre en silencio, de la estancia. Mis amigas están en un corro discutiendo sobre los procesos evolutivos embrionarios. Hay dos que lo han puesto mal, pero todas somos tercas como mulas, y se terminan sentando en el suelo con los libros abiertos para descubrir cuál es la pregunta.
               Al poco tiempo, sale otra y nos vamos a comer. Nos olvidamos por un momento de que nos queda el examen más complicado del semestre y disfrutamos de los platos del restaurante que hay al salir del campus. Mi salmón ahumado con un toque de especias está de muerte.
               Alguien me pasa un par de trozos de pepino y yo, a cambio, cedo un poco de mi puré de patata.
               Es cuando llegamos a los postres cuando nos atrevemos a empezar a comentar el examen. Cindy agita su melena rubia y espeta, apuñalando su sandía:
               -Lo ha puesto a joder.
               -¡Gracias!-replica Martha, y las demás asienten.
               -Podría haber sido peor-replico yo-, nos podría haber pedido el apartado de Farmacia que salía en el manual.
               -No había tiempo material para contestarlo a todo-gruñe Martha, mordisqueando una fresa de su macedonia.
               -Chica, si te levantas a la media hora de que te den la hoja, no tienes tiempo material a nada. Ni de exámenes, ni nada-bromea Luna.
               -Escribo deprisa-es la contestación de Martha.
               -Te sorprenderían la cantidad de cosas que se pueden hacer en media hora, Luna-Cindy le guiña un ojo.
               -Nada de calidad-responde Luna, terca. Cruzo las piernas y le doy otra cucharada a mi cuajada mezclada con un poco de miel. Mastico el pedazo de nuez solitaria que reposaba sobre el cuenco.

sábado, 9 de julio de 2016

La chica holandesa.

Me asombraba la facilidad que tenía Diana para cambiar de humor con tanta rapidez. Ya no quedaba nada de la chica que había abrazado a mi hermana, y le había dado un beso en la mejilla y le había deseado que se lo pasara bien en Canterbury… o con Scott.
               Tampoco quedaba nada de la que me había mirado con intención cuando mis padres me dijeron que tenían que ir de compras, que se llevarían a mis hermanos y que harían lo posible por no tardar en volver.
               Diana sonrió cuando cerraron la puerta exactamente como mamá había esperado, después de decirle a mi padre que estábamos juntos.
               Papá se había cabreado un poco, sólo lo justo, porque tenía ojos en la cara y sabía lo poco que me podía resistir yo a unas piernas bonitas… ya no digamos a unas como de las que presumía Diana.
               -Le dijimos que no lo hiciera-protestó, negando con la cabeza, no siendo capaz de cabrearse de mi debilidad, pero sintiéndose insultado porque todos en aquella casa éramos desobedientes.
               -Ya, bueno, pero en realidad-discutió mamá, encogiéndose de hombros-, según se lo estábamos diciendo, yo ya estaba echando cuentas para ver cuánto tiempo tardaba. ¿En serio creías que no iban a terminar liados, Louis?-inquirió mi madre, girándose y preguntándose por enésima vez por qué mi padre era “el gracioso” del grupo, cuando tenía más pinta de “el tonto”.
               -¿Desde cuándo están?-preguntó papá, ignorando la pregunta, porque en una pelea, mamá siempre ganaba.
               -No lo sé, dímelo tú. También son tus hijos-mamá puso los ojos en blanco.
               -Joder, ¡es que yo no me fijo en esas cosas, Eri!
               -Pues yo soy la miope.
               -Yo también. Por lo menos, para las relaciones interpersonales.
               Mamá se había echado a reír y le había besado en los labios, recordando de nuevo por qué papá era “el gracioso”.
               Didi se acercó a mí y empezó a besarme por el cuello, pero yo estaba demasiado sobrepasado por mi incipiente soledad como para dejarme hacer. Me acarició los hombros y yo la miré a los ojos, triste.
               No podía creerme lo mucho que la echaba de menos, y eso que estaba tocándome. Creí que me volvería loco en cuanto fuéramos al aeropuerto; con suerte, sólo cuando se subiera al avión, y me dejase a mí esperando por el vuelo que había cogido en dirección a Irlanda para estar un poco más con ella… los dos solos.
               Su pelo rubio era un rayo de sol, cargado de esperanza, en un mar revuelto del color del cobre, el color del fuego y la sangre, en el que yo terminaría naufragando. Algún día, Scott no estaría lo suficientemente cerca. Terminaría metiendo la pata y volviendo al pozo…
               … y cayendo demasiado profundo incluso para que mi mejor amigo me consiguiera rescatar.
               -Aprovecha conmigo las horas que nos quedan juntos, T.
               Suspiré, abrí la boca antes de pensar, y fue mi corazón, y no mi cabeza, la que habló.
               -Quédate aquí conmigo.
               Sonrió, sentándose a horcajadas encima de mí y tirando de mi camiseta.
               -Tengo cosas pendientes en Nueva York.
               -Estamos en la era de la deslocalización. Puedes ocuparte de ellas desde aquí. No me dejes.
               -Mañana te vas a Irlanda-respondió, toda elocuencia, frotándose contra mi cuerpo, y la parte de mí que no pudo apartar la mirada de sus piernas cuando íbamos en el taxi de camino a mi casa el día en que la conocí, la parte que fantaseó con separárselas y follarla duro, abrió un ojo ante su contacto.
               Un ojo no bastaba para controlar un ejército.
               Pero sí para ver los ataques y horrorizarse de las bajas.
               Me acarició la mandíbula, se desabotonó la blusa y me miró con aquellas selvas que le otorgaban oxígeno a todo el planeta cada día, con su fotosíntesis.
               -Dame razones para volver, T. Házmelo tan bien como sólo tú sabes. Consigue que me gire en la pasarela en dirección al avión y me plantee, aunque sea sólo un segundo, el hacerte caso.
               -Si obedezco ahora, te estaré diciendo adiós.
               -No sería un adiós, sería un “hasta luego”. Volveré en enero.
               Me incorporé, y se mordió el labio.
               -Prométemelo.
               -Yo no hago promesas.
               -Pues no me toques.