sábado, 24 de febrero de 2018

Continuará.


La euforia nos había convertido en gente totalmente diferente. La vulnerabilidad que Eleanor y yo habíamos demostrado en el instituto, derrumbándonos al salir por la puerta, había desaparecido y en su lugar se había implantado una sensación de invencibilidad que los chicos compartían con nosotras.
               Cuando sugirieron ir a comer, yo no pude por más que dar brincos y celebrarlo. Había descubierto que me moría de hambre, pelear me había abierto el apetito… y no podía dejar de pensar en lo bien que le sentaría a mi interior mirar la mandíbula de Alec mientras éste masticaba.
               Por mucho que siempre le hubiera detestado, o como mínimo hubiera sentido rechazo por él, toda la vida había experimentado una extraña fascinación por las líneas de su rostro, especialmente la de su mandíbula. Hasta cuando le odiaba fervientemente no podía evitar quedarme mirando cómo masticara, como si fuera lo más interesante que hubiera visto en mi vida.
               Y ahora mis defensas estaban bajas. Habíamos peleado juntos, nos habíamos convertido en la misma persona durante unos instantes en que nuestros cuerpos se unieron, formando una alianza que nos ayudó a derrotar a la gente. Él hacía bromas y yo se las reía la primera, y yo hacía comentarios sarcásticos y Alec sonreía mirándose los pies cuando alguno de sus amigos se molestaba.
               Scott parecía como en trance, decidido a llegar cuanto antes al sitio al que nos dirigíamos y comer lo que se le pusiera por delante. Entramos alborotando en la hamburguesería a la que solían ir, su local favorito en todo Londres (o, por lo menos, en el barrio) y el dueño salió a recibirnos limpiándose las manos cubiertas de grasa de carne en el delantal manchado de diversos tipos de salsas.
               -¡Jeff!-celebró Max, alzando los brazos.
               -Madre mía, qué pintas traéis. ¿Cuánto habéis bebido?
               -Nada-corearon los cuatro chicos mientras Eleanor y yo nos manteníamos en un segundo plano, cada una mirando con intensidad el culo del chico que más le interesaba en ese momento.
               -Nos hemos peleado-anunció Alec con orgullo, y yo solté una risita mientras los demás le miraban con ojos como platos, el ceño fruncido, y espetaban y molesto:
               -¡Alec!
               -¿Y habéis ganado?-quiso saber Jeff, poniendo los brazos en jarras.
               -Por supuesto-se jactó el mayor de los chicos, dándose una palmada en el pecho más propia de un gorila que de un joven humano. Pero, lejos de molestarme o indignarme, ese comportamiento animal de Alec disparó instintos igual de silvestres en mi interior. Me recordó lo fuerte que era y lo bien que me había sentido cuando me apoyé en su espalda antes de saltar por encima de su cabeza a darle una patada voladora a alguno de los gilipollas que sangraban en el suelo del gimnasio.
               -Los palitos de queso corren de mi cuenta-anunció Jeff, girándose sobre sus talones y rodeando la barra americana para entrar en la cocina. Los chicos comenzaron a jalearle a voz en grito; tanto, que el cocinero tuvo que salir a decirles que se callaran, no fueran los vecinos a llamar a la policía.

domingo, 18 de febrero de 2018

Leona.


Mentiría si dijera que no me encantaba ese pseudo paseíto de la vergüenza que se marcaba Scott cada vez que volvía de fiesta un poco borracho pero con una sonrisa tonta en los labios que alguna chica le había teñido de pintalabios y, quizá, hasta un poco de rímel. Sería una cínica si asegurara que no disfrutaba con la manera en que mi hermano se sonrojaba al saberse pillado después de haber metido las manos hasta los codos en la caja de las galletas.
               Incluso sería muy triste que tratara de engañar infructuosamente a alguien si proclamara que me sentía algo mal cuando mi hermano entraba dando tumbos en casa, borracho como una cuba, y Tommy me miraba y suspiraba y decía “lo voy a dejar en su habitación, que si se muere en ella, la culpa es tuya” y procedía a subir las escaleras peleándose con su cuerpo. Claro que esto último lo había visto un par de veces, especialmente en fiestas importantes, como Fin de Año o la Fiesta No Oficial de Graduación, donde mi hermano cogía unas borracheras que le impedían recordar incluso su dirección… pero Tommy no se lo terminaba llevando a casa para evitarse una bronca.
               No sólo mentiría como una bellaca si dijera que no disfrutaba de todo eso, sino que para colmo nadie me creería, porque la sonrisa de satisfacción que se me dibujaba en la cara cuando escuchaba las llaves de Scott tintinear al otro lado de la puerta bien podría pagarme un máster en Yale.
               No me malinterpretes: adoro a mi hermano; le adoraba y le adoraré toda mi vida.
               Pero es que es demasiado divertido verle en los momentos en que se está ganando a pulso una bronca.
               Fue por eso por lo que me levanté como un resorte, movida por el anhelo de descubrir cuánto alcohol se había metido en vena esta vez, o cuántos besos le habían dado, y troté en silencio hacia la puerta, como si de una pantera en su hábitat natural se tratara.
               Aún es pronto, pensé para mis adentros, consultando el reloj de pared. Eso significaba que la noche había ido muy bien y que apenas podía tenerse en pie ya… o que había ido muy mal y le habían dado calabazas varias chicas de seguido.
               No estaba segura de qué era lo que me apetecía más (mentira, en realidad, era lo primero; le vendría bien una cura de humildad, que ser el único hijo varón de Zayn Malik se lo tenía muy creído últimamente).
               Abrí la puerta mientras escuchaba cómo el luchaba contra sus llaves.
               Y me decepcionó un poco descubrir que venía bastante menos afectado de lo que yo creía porque, para ser sincera, no pensé realmente que nadie le hubiera dado calabazas a Scott.
               Se había puesto la chupa de cuero negra.
               Y cuando Scott Malik se ponía la chupa de cuero negra, significaba que Scott Malik había salido a matar. No iba a tomar prisioneros.
               Quizá tuviera algo que ver la recién llegada a casa de Tommy: Diana Styles, que no sólo se había hecho con los mejores rasgos genéticos de su padre, Harry, sino que, para colmo, era modelo, lo cual implicaba que tenía un cuerpo de infarto y una belleza de otro mundo.
               -Qué lástima-siseé, divertida, mirándole de arriba abajo-. No te has muerto-sacudí la cabeza y me hice a un lado para permitirle pasar.
               -No tengo tiempo para gilipolleces, niña-ladró-. No están despiertos, ¿verdad?-señaló con la cabeza en dirección a las escaleras. Aunque el cuarto de nuestros padres no estaba en esa dirección, le comprendí.
               -Sólo estoy yo-concedí, pasando la lengua por la piruleta que me había estado acompañando durante los anuncios del programa y que estaba perdiendo su forma esférica. Scott miró sin prestar mucha atención al reality sin sonido que había estado viendo hasta su llegada, haciendo tiempo de una forma un poco fútil, la verdad. Podría haber aprovechado para dibujar, pero a esas horas, no me apetecía hacer nada más que sentarme a ver la televisión y ponerme hasta arriba de comida basura.
               Scott tomó aire de forma muy profunda y cerró los ojos.
               -Qué bien vienes-comenté, decidida a pincharle.
               -He tenido un percance-contestó, críptico, y yo me crucé de brazos.
               -No lo digas como si no fuera siempre así.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Esencia.


Cuando las cosas empezaron a ir bien para Scott, también se encauzaron un poco para mí. El primer fin de semana en el que Scott no durmió en casa, pero tampoco se acostó en casa de Tommy, fue la señal que yo necesitaba para relajarme.
               El lunes siguiente pregunté con entusiasmo a las chicas a qué fiesta íbamos a ir el sábado, a lo que contestaron con chillidos de emoción, contentas de que por fin me decidiera a salir a casa. Celebramos esa misma tarde que mi hermano parecía haber atravesado el punto de no retorno en su proceso de curación tomándonos unos gofres y planeando lo de la fiesta a la que íbamos a ir. La organizaba una chica que Taïssa y yo conocíamos del gimnasio, de coincidir con ella en los vestuarios después de nuestra sesión de ejercicio y su hora de piscina.
               Creo que nunca me preparé con tanta ilusión para una fiesta como para esa. Me duché pronto para que el pelo me secara con el calor del ambiente, me eché las cremas hidratantes de mamá sólo por el placer de sentir la piel jugosa, luminosa y con un aroma delicioso que me daban ganas de intentar lamerme a mí misma la cara, y me maquillé con mucho cuidado, repasando los tutoriales de belleza que Amoke y yo habíamos guardado en una lista de reproducción a la que visitábamos más que a nuestras abuelas.
               Aunque lo de visitar a mis abuelas tampoco era muy difícil.
               El caso es que Scott me acompañó hasta la esquina en la que había quedado con mis amigas, esperó conmigo hasta que aparecieron haciendo una piña, y cuando nos íbamos a despedir, me dio un beso en la frente y me dijo que me lo pasara muy bien, pero que ni se me ocurriera llegar muy tarde a casa.
               -¿Es que vas a estar tú esperándome sentado en el sofá?-pregunté, burlona, con ganas de dar brincos por la euforia pre-fiesta.
               Scott sólo se echó a reír en silencio y me dio un toquecito en la mano.
               -Tú sólo mira a ver lo que haces.
               Me guiñó un ojo y se marchó en dirección a casa de Tommy, a quien tenía que ir a buscar para dirigirse a su propio local. Kendra me toqueteó las trenzas y me dijo que estaba preciosa; debía ser la primera vez que respetaba mi decisión de recogerme la melena en ese peinado muchísimo más cómodo, manejable y fresco.
               Nos encaminamos a la fiesta y llamamos a la puerta de la chica subidas a unas botas de tacón que nos arrepentiríamos de llevar en menos de media hora, pero por aquel entonces nos daba igual. Éramos invencibles. Nada podría interponerse entre nuestra diversión y nosotras.
               La chica abrió la puerta embutida en un vestido corto de color azul con brillantes y sonrió al reconocernos.
               -¡Sabrae! ¡Taïssa! Pasad, pasad, chicas-se hizo a un lado y nos dirigió por la estancia, presentándonos a toda la gente que no conocíamos (mucha más de la que me esperaba, a pesar de que ya sabía que pocos de nuestro instituto irían)-. Ahí tenéis las bebidas, la comida está en la cocina-señaló una puerta que más bien parecía una abertura en la pared-, y doblando esa esquina llegáis a las escaleras. El baño está al fondo, a la izquierda. Espero que no me lo ensucien mucho-comentó, mordiéndose el labio-, mis padres me matarán si se va el olor a jazmín del ambientador. ¡Ah, y tenemos karaoke!-sonrió, señalando el salón, donde dos chicos muy borrachos destrozaban una canción que yo no conseguí reconocer, a pesar de que me sonaba muchísimo la melodía-. Pedid que os pasen la lista con las canciones que tenemos. ¡Disfrutad!-sonrió con unos dientes blanquísimos antes de girarse sobre su calzado y darse la vuelta para atender a un chico que le rodeó la cintura y con el que coqueteó descaradamente durante el resto de la noche.
               Me pregunté si era su novio.
               Nos lo pasamos genial la primera hora, moviéndonos en manada como cuatro lobas que huelen la sangre de una presa, hablando con todo el mundo y con nadie realmente, dando brincos al ritmo de la música y gritando la letra de las canciones que más nos gustaban.
               Me sentía libre, por fin yo misma después de unos meses tremendamente tensos. Quién me iba a decir a mí que echaría tanto de menos la rutina del curso, el morirme del asco haciendo deberes, para estar entretenida entre semana sin pensar en mis problemas, y eufórica los fines de semana, donde estos no podían alcanzarme.
               O eso creía yo.

domingo, 11 de febrero de 2018

Septiembre.


El miércoles 14, te espera un regalo por aquí, ¡acuérdate de volver! Tenemos una cita. 


Estaba tumbada encima de papá cuando mamá bajó las escaleras y le acarició el mentón. Se estaba acabando el verano y se acercaba ese final de mes que tanto temíamos en mi casa, el momento en que empezaba a ponerme nerviosa por las posibles traiciones que mi cuerpo tendría preparadas para mí. Las pequeñas rebeliones que se producían en mi interior ante mi negativa a perpetuar la especie hacían correr, literalmente, ríos de sangre, que ya me habían estropeado sin remedio varios pantalones cortos que ahora me ponía por casa, cuando comenzaban los disturbios.
               Volvía a estar más mimosa que de costumbre, algo que a mi padre le encantaba y que nunca cambiaría por nada, ni siquiera por un poco de frescor. Nos gustaba estar juntos en esos momentos; a mí, porque me rodeaba con los brazos y me acariciaba la espalda, haciendo que los calambres en la parte baja del vientre pasaran a un segundo plano.
               A él, porque podía aprovechar para abrazarme, besarme la cabeza y oler mi pelo.
               -Has cambiado de champú-había observado en cuanto me acurruqué contra él, pidiendo un permiso que yo no necesitaba.
               -Sí-asentí.
               -¿Manzana?
               -Sí.
               -Te queda bien la manzana-había sonreído él, besándome por primera vez la cabeza y tirando de mí para que me quedara sentada sobre su pecho.
               Mamá se acercó a nosotros, echó un vistazo en dirección a Shasha, que miraba algo por internet con los auriculares puestos y el ceño ligeramente fruncido, una libreta en la que tomaba apuntes a toda velocidad a su lado. Mamá se mordisqueó el labio, buscando a Duna, a la que encontró tirada en el césped del jardín, durmiendo la siesta aprovechando que el aroma del césped la envolvía.
               -Zayn…-empezó mamá, pero papá, que ya sabía el reproche que venía, contestó:
               -Tiene puesta una toalla y le da la sombra en la cabeza.
               Mamá se acercó hacia las cristaleras que daban al jardín, dio unos golpecitos con el nudillo y suspiró un asentimiento cuando Duna se revolvió y la miró un segundo, somnolienta.
               -Mujer de poca fe…-sonrió papá, enredando sus manos en mi pelo mientras yo hacía corretear mis dedos por el contorno de sus tatuajes, volviendo a dibujarlos por millonésima vez.
               -¿Y el niño?-quiso saber mamá. El niño era el único chico que había en la casa; el único niño que se mantendría con esa condición incluso cuando fuera padre, incluso cuando fuera abuelo, incluso cuando mis padres ya no estuvieran en este mundo y sólo quedáramos Duna, Shasha, y yo, para recordarle cómo le llamábamos. Scott.
               Papá sonrió ligeramente en mi cabeza.
               -Teniendo más suerte que yo-contestó en tono críptico. Me mordisqueé la boca para contener mi sonrisa y que ésta no me traicionara precisamente ahora.

domingo, 4 de febrero de 2018

Mía.

Todo lo que había conseguido durante mis vacaciones en España se fue las traste nada más me volví a juntar con mis amigas.
               Evidentemente, les había contado todo lo que había sucedido en la playa y mis posteriores actividades nocturnas, cosa que les escandalizó y encantó a partes iguales. Amoke y Kendra pidieron que contara todo lo que había sentido con pelos y señales mientras Taïssa se sonrojaba más y más, visiblemente incómoda por todo lo que estábamos comentando y el poco pudor con el que lo hicimos.
               Al principio, disfruté de su admiración. Cuando su admiración se convirtió en cachondeo, ya no tanto. Me habían martirizado cada vez que salíamos, me habían cogido las manos y me habían preguntado si me las había lavado después de hacer mis cochinadas, si había visto la foto de tal chico en Instagram, o en Facebook, o en Twitter, y cuál había sido mi reacción (no mi opinión; directamente, me pedían mi reacción).
               Pensé que poner tierra entre nosotras y todo lo que había pasado me ayudaría a deshacer el entramado de mi mente, y, si bien en inicio me costó, cuando llevaba ya varios días tirada a la bartola en una playa recóndita de Asturias, las cosas me parecían mucho más lejanas de lo que eran realmente.
               Porque seguía estando con Tommy, y con Scott, y seguía estando en playas. Pero ya no era lo mismo. Ya no lo pasaba mal, pensando en quién sería el que llamaba a la puerta, o con quién iba a salir mi hermano y si le apetecería después traerlo a casa.
               Ya no tenía que apretar el paso y encerrarme en mi habitación rápidamente cuando escuchaba la voz de Alec en mi hogar. Me daba muchísimo miedo mirarle a los ojos, y creo que él se había dado cuenta de por qué, lo cual hacía que agachara la cabeza aún más cada vez que nos encontrábamos en alguna calle, él con mi hermano y sus amigos, yo con mis amigas, que, por lo menos, tenían el detalle de quedarse calladas.
               Me sentaba en la arena de la playa a jugar con mis hermanas y los hermanos pequeños de Tommy, hacía castillos de arena con ellos y les ayudaba a crear fosos o a enterrarse en la arena. Buceaba en busca de conchas y perseguía peces por debajo de la superficie del agua. Saltaba de las rocas de la playa cuando mamá no miraba, y me zambullía de cabeza cuando tampoco miraba papá para llegar a tocar el fondo, mucho más lejano y profundo. Les reía las gracias a Tommy y a Scott cuando nos sentábamos en el patio de la casa de Alba, la madre de Layla, y aceptaba los canapés que ésta me tendía cuando la noche avanzaba y nos pillaba todavía charlando y jugando alrededor de una pequeña hoguera.
               De día estaba a salvo, Alec era una sombra en mis recuerdos que no tenía ningún tipo de acceso a mí. Pero con el crepúsculo, llegaban los recuerdos de su silueta recortándose contra el mar mientras iba a por mi biquini, de sus músculos tensándose y relajándose cuando se desplomó sobre la toalla, agotado pero victorioso…
               … de su media sonrisa seductora cuando me guiñó el ojo.
               No había vuelto a tocarme desde aquel día. Me parecía que mi cuerpo era un templo demasiado sagrado al que acceder sin ofrendas puras. Y un orgasmo silencioso, mordiéndome los labios para que nadie en la habitación me escuchara, por mucho que fuera lo único en lo que podía pensar, no era precisamente la más pura de las ofrendas.
               Pero no sería por falta de ganas de hacerlo, porque cuando no estaba con Alec, estaba con Tommy. No podía dejar de mirarle, especialmente sus brazos, y de pensar, madre mía, qué bueno está, y de corregirme rápidamente con un aunque no tanto como Alec, y, entonces, me reprendía por pensar en Alec cuando se suponía que debía aprovechar mis vacaciones para no hacerlo.
               Pero Alec no me gusta como me gustaba Tommy, discutía una parte desobediente de mi subconsciente, y otra parte respondía que como el primero no me había hecho sentir ninguno, pero daba igual.